Soy actriz que escribe y escritora que actúa: Lorena Cantú

 

Alicia Alarcón

 

Lorena Cantú es multifacética en el mundo del arte y la cultura en México. Se ha destacado como actriz, directora de escena, dramaturga y escritora. A lo largo de su carrera ha enfrentado diversas vicisitudes que han moldeado su trayectoria.

 

Originaria de Monterrey, encontró en Cuernavaca un lugar al que decidió arraigarse, convirtiéndolo en su hogar y fuente de inspiración para su trabajo creativo.

 

Su proyecto más reciente es “Caudal de letras vivas” que, junto con Fulgor Jacobson, escritor morelense, arrancó el primer recital, en febrero de este año. El propósito: reunir a escritores locales del estado para que lean obras de su propia autoría, a fin de aportar al texto vida, para que el público admire tanto el trabajo escrito como el de la lectura, dice:

 

“La mayoría de los escritores no leen muy bien. Se trata de un recital en el que los escritores no se sientan únicamente a leer sus textos de forma acartonada, sin expresividad, sino que intenten una interpretación más viva”.

 

La conversación con Lorena se dividió en dos partes; la primera de manera presencial, en el lugar de los ensayos de Caudal de Letras Vivas, y la segunda por zoom.

 

Es una entrevista de confesiones, de respuestas largas que por espacio y tiempo tuve que resumir. Es meticulosa y pragmática: lo que se propone lo hace. Dice ser indisciplinada y rebelde. Aun cuando afirma que no le gustan los reflectores, pienso que, en su calidad de actriz, directora de escena y dramaturga, éstos los aprovecha para transmitir mensajes importantes a través de su trabajo.

EL INICIO

La primera obra que  marcó su niñez fue “El teatro fantástico” de Cachirulo, que en la década de los cincuenta, del siglo pasado; era uno de los pocos entretenimientos infantiles.

 

Recuerda que, radicando en Monterrey, su familia tenía una televisión, situación que la colocaba en un lugar privilegiado pensando que la mayoría de la población no contaban con la famosa caja de pandora como se le conoció por muchos años. 

 

Ella recuerda con alegría el “comercial” de la ratita y sus ratones empujando un trenecito con la tonada de chocolate exprés, el cual anunciaba el inicio del programa televisivo.

 

Me la imagino esperando el último minuto para iniciar el programa, sentadita frente a la televisión vestida de blanco con una crinolina espectacular y elegante, y su cabello rizado amarrado con un listón azul. Idéntica a la pintura que cuelga en el rincón de su casa, del artista plástico Horacio.

Este retrato es muy icónico, ya que los padres de Lorena, le pidieron al pintor plasmar en un lienzo a la niña porque los médicos le daban poco tiempo de vida, ya que estuvo muy enferma casi toda su infancia.

 

Lorena tuvo una formación bicultural, dominio de inglés, elemento clave en su carrera artística. Por otro lado, su ingreso a una escuela de monjas y su destacada interpretación de Little Red Riding Hood (Caperucita Roja), también fueron experiencias que la acercaron a su sueño de ser actriz.

 

Recuerda:

“Mis papás me metieron a una escuela católica de monjas, a pesar de que ellos no eran practicantes de la religión católica; en ese momento no lo entendía. Siempre tenía pesadillas de que mis padres se iban a ir al infierno porque no iban a misa el domingo. Como venía de una escuela americana y laica, me cuestionaba mucho el haber estado en ese tipo de colegio.

 

En una ocasión, las monjas decidieron montar una obra de teatro y me usaron para presumirle a los padres de familia qué buen inglés se enseñaba en el Sagrado Corazón de Jesús, que así se llamaba el colegio. En los ensayos no tuve problema, pero a la hora de la función me dio mucho miedo. Al terminar la obra, empezaron a aplaudir, y yo me escabullí por atrás del escenario. Fui a dar a una capilla de la virgen Mater admirabilis, era la imagen del colegio.

 

Encarnaba la serenidad, la paz, la dulzura, la ternura que a la mejor me hubiera gustado de mi propia madre a esa edad. Me puse en el reclinatorio, y se me rodaban las lágrimas. Llegó mi mamá, que era muy severa, era alemana. Me preguntó: `y tú, ¿qué estás haciendo aquí?´ No contesté. Cuando voltee y me vio llorando, me dijo, al tiempo que me tronó los dedos, `Nada de llorar. Te sales a que te felicite la gente´.

Yo lo que menos quería era que la gente me felicitara. Recuerdo que ese día dije, algún día voy a volver a hacer teatro, buen teatro, sin llorar después de una función”.

 

–¿Qué influencia tuvo tu madre en tu carrera?

–Mucho. Primero en los idiomas. Era muy culta. Adelantada a su época. Influyó en mi carrera de Letras, no de Teatro; aunque yo quise ser intérprete traductora.

 

Siempre la veía leyendo. La admiraba. A medida que fui creciendo a veces me platicaba algo. Mi mamá nunca me leyó un cuento para dormir, quiso forjarme un carácter como el de ella, pero no lo logró. A los 15 años me internó en un colegio en Estados Unidos. Me fui sola. Me las arreglé como pude todo ese tiempo.

Lorena Cantú, José Solé, Marcela del Río y Carlos Arce

Lorena Cantú, José Solé, Marcela del Río y Carlos Arce.

–¿Qué te empieza a interesar de tu carrera de Letras Inglesas?

–El teatro clásico griego; sobre todo las tragedias como Antígona, Edipo Rey.  Esa materia era en español. Me encantaba leer. Me gustó lingüística. Hice mi tesina sobre la fonética de yiddish. No me quejo, fue una carrera que terminó gustándome. En ese periodo, un trabajo que nos dejaron fue exponer una idea a través del guión teatral, y montamos El Principito.

 

LA ACTUACIÓN

Lorena empezó a estudiar actuación a los 38 años de edad. Después de un divorcio, dos hijos pequeños, sin trabajo y con una madre lejos de ella, decidió tomar como residencia la ciudad de la eterna primavera. “Me vine sola a Cuernavaca, en 1978. Vivía en un bungalow pequeño pasando muchas penurias económicas. En aquel entonces fui maestra de inglés en el colegio Suizo Americano. Me entrevisté en inglés con la directora, Martha Rayo. Inmediatamente me contrató. Fue una época muy bonita”.

 

Una tarde de domingo, caminaba por el centro cuando vio anunciada una obra de Felipe Santander, en la marquesina del Teatro Ocampo. Preguntó a sus amigas si la acompañaban “¿teatro?”. La rechazaron. Se fue sola… “con un poco de temor. Estaba recién divorciada, y yo no era de mal ver… No recuerdo si la obra era El enemigo del pueblo, o El Extensionista.

 

Dicen que no hay casualidades sino causalidades. Felipe (que se convirtió en un gran amigo mío) tenía la costumbre de hacer debates. Cuando terminó la obra me acerqué con uno de los actores, Hugo Larrañaga. Le pregunté que si él sabía dónde se estudiaba teatro. Sonrió y me dijo:  aquí con Felipe, esta es escuela de teatro”.

Lorena pidió una cita. Fue aceptada. Las clases eran continuamente prácticas; se trató de un experimento donde los estudiantes se fogueaban con los profesionales… “En ese momento, incluso, pensé en renunciar a mi trabajo para yo poder estudiar por la mañana”.

 

Felipe Santander fue un pilar importante en la carrera de actuación de Lorena. El dramaturgo había establecido su residencia en Cuernavaca donde fundó el Centro de Arte Dramático y Estudios Escénicos Seki Sano, y la Compañía Estatal de Repertorio.

 

En esa época batió récords, a la vez que adquirió importante reconocimiento por llevar a escenas temas y mensajes que reflejaron una problemática común.

–¿Cuál de las puestas en escena como actriz ha sido la más significativa?

–Voy a empezar como actriz y me voy a ir muy atrás en el tiempo. Sucedió durante mis años de estudio. Fue una obra de Felipe Santander, que se llamaba “Y, el milagro”, en donde tuve un personaje secundario. Un día, Santander me dijo que iba a ser Catalina, la protagónica femenino. Era un gran honor para mí porque apenas me estaba formando. Ese papel me dejó muy marcada, me recordó los tiempos de mi infancia y adolescencia.

 

Santander quedó muy contento con mi actuación, lo único que falló fue que debí retirar de escena la charola con un pavo. Pero se me olvidó, y estuvo presente en el resto de la obra.

 

–-¿Cuál de las puestas en escena como dramaturga ha sido la más significativa?

–La ostra. Me llevó dos años de investigación para escribirla. Trata el tema del Alzheimer. Yo lo viví de cerca porque mi hermano lo sufrió. Un enfermo que está lúcido y por otro lado está perdido. Basándome en ese caso y en un dibujo que hizo mi hermano, escribí un poema. No quise que el tema central fuera la enfermedad, sino la cuidadora, Eloísa, la esposa encerrada en la cárcel mental de su marido y en la cárcel habitacional de su vivienda. Un encierro impuesto por su condición de mujer. Se enfrenta con la falta de apoyo de los hijos que es lo más triste.

 

Tuvo mucho éxito. Gente joven empezó a llevar a sus padres, a sus abuelos. Hubo una gran toma de conciencia.

–¿Cuál de las puestas en escena como directora de escena ha sido la más significativa?

–Hice un experimento con una obra de mi autoría, basada en un hecho real “Ni sol ni madrugada. Anatomía cómica de un duelo”. Es meta teatro. Tengo un personaje (un dramaturgo) que está en un plano superior, escribiendo una obra, y en el otro plano, abajo en el escenario los actores están representando la obra del dramaturgo. El tema es el duelo.

 

Cursé un diplomado de tanatología cuando me recuperé de cáncer. Quise por precaución, estar preparada y resolver mi propia muerte. Aprendí las diferentes etapas del duelo, y a distinguir entre lo que es un duelo “sano”, normal, y un duelo que no se resuelve, patológico. Como directora fue muy significativa porque no memorizamos la obra. Teníamos los libretos engargolados con pasta negra y lo leíamos al mismo tiempo de hacer trazos y movimientos escénicos. A ese libreto le dimos varios usos, como si fuera un plumero, o un portarretratos.

 

Fue una puesta muy loca. Esta metodología la aprendí de Boris Schueman que vino a Cuernavaca a impartir un taller.

 

–¿Qué te conectó con Marcela del Río?

–Yo no tenía la más remota idea de quién era ella. Después de andar en la dramaturgia, quise intentar en la narrativa, y yo tenía miedo, yo leía mucho short history. Vi anunciado un taller de escritura creativa dirigido por ella, en la Tallera de Siqueiros, en Cuernavaca.

Marcela tenía un nivel académico muy alto.  Le faltó un poco -y lo digo con mucho cariño- aterrizarse. Traía mundo, tenía un bagaje de vida.

Lorena con sus hijos.

Su taller era para señoras, así como yo, que asistían para ver si podían escribir cuento. Yo ya tenía un poco de camino, de conocimientos que las demás, pero nada comparado con ella. El primer cuento que le entregué era de un perro sentado al lado de un bote de basura y un mendigo. A ella le gustó. Claro que me faltaba técnica, experiencia… pero inmediatamente me dijo que tenía potencial.

 

Aprovechándome tuve la osadía de que me firmara una carta recomendación para yo inscribir mi obra de teatro en un concurso para beca. Me saqué la beca, de alguna manera gracias a esa carta hermosa que ella escribió. Fui a su casa a recoger la carta. Estuve cuatro horas, y ella hable y hable como solía ser. Era una persona que le gustaba hablar mucho de sí misma.

 

“Pasado el tiempo hubo algunos desencuentros. Cuando ya tienes tanto prestigio y renombre tiendes a manipular, a exigir, tiendes a dar todo por un hecho. Yo no soy fácil, y había veces que me rebelaba.

 

Ambas tuvimos las mismas raíces, no nada más de que tenía ella parientes norteños, sino que empezó en teatro como actriz y lo dejó porque le vino un cáncer de garganta. Se retiró y se dedicó a escribir, un día me dijo `Tienes que dejar el teatro por completo sentarte todos los días de tu vida y escribir, porque no tienes disciplina. Te aseguro que vas a ser la mejor escritora de Morelos. Piénsalo´.

 

No le hice caso porque no me importa. Mi disciplina es, y así me presento: actriz que escribe o escritora que actúa… en las dos me siento bien.

–¿Cómo y cuándo conociste a Carlos, tu pareja?

–En el Teatro Ocampo. Impartía la materia de iluminación que nunca tomé. Asistí en una ocasión a una puesta en escena de autores argentinos que traía Carlos del exilio. En mi afán de tener tablas le llevé un monólogo sobre un personaje de una prostituta alcohólica. Me hablaba de usted, y me dijo que no me dirigía esto. No la conozco, pero usted es una dama.

 

 ¡Ay, argentino desgraciado! ¿qué se cree? Después fui con Sandra Borbolla, quien me dirigió la pieza. Terminó todo muy mal; fue una historia muy trágica, no hubo pruebas, ni ensayos, una serie de accidentes en mi estreno. Ella se exhibió y la gente la vio. Cuando la obra terminó la gente se paró y aplaudió.

 

El dinero de la taquilla me lo tiró al piso. Lo recogí. Ese día Carlos me invitó a tomar un café. Le quise pagar su trabajo de iluminación, pero no me aceptó el dinero. Me explicó que había sido la directora de escena la que tuvo errores porque yo era novata. Me esclareció todos los puntos. El principal error fue el texto, ese personaje no era para mí. Se necesita experiencia de 40 años de actriz, se vio demasiado ambiciosa, señora, me dijo.

 

De ahí empezamos a ser amigos. Me abrió los ojos.

 

En 2003, obtuvo el Premio Nuevo León de Literatura (2003) por su obra dramática “Manos de ángel”. Posteriormente, en 2020, ganó el segundo lugar en el certamen “Tiempos para escribir”, en Ciudad Real, España, con su obra “Un cuento chino”, que posteriormente fue publicado en la versión infantil CIDCLI, CDMX.

Fundadora junto con su esposo, Carlos Arce, de la compañía teatral “Viento y Luna”, y de la compañía “Mujeres a escena”. En la docencia impartió cátedra en el ITESM (Campus Monterrey, Cuernavaca y Querétaro), y la materia de Composición Dramática en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, en Cuernavaca, Morelos.

 

Gracias Lorena por esta grata conversación.

-o0o-

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