“El Chato”, el cantinero que le daba cerezas al niño Gabino Cué

*70 años de observar la vida cotidiana de Oaxaca desde la barra sin tomar una sola copa
*Ha sido confidente y escucha de políticos, gente de la farándula, periodistas y empresarios, entre otras personas que han degustado sus múltiples inventos cocteleros como su famosa “Pantera Rosa”
* El barman es “la memoria etílica y social de la ciudad de Oaxaca”

Ernestina Gaitán Cruz /Fotos Jorge Luis Plata/Facebook Salón de la Fama

EL CHATO SALÓN DE LA FAMA (10)Oaxaca.- A sus 88 años de edad y 70 de cantinero, el oaxaqueño Humberto Martínez Hernández, mejor conocido como “El Chato”, recibió un reconocimiento por parte de creadores, artistas, editores y fotógrafos del país, por su aporte a la vida cotidiana de Oaxaca desde su “Salón de la Fama”.

En el marco de la reunión “Épica Contracultural 2015” que el escritor J.M Servín trajo a Oaxaca y que fue organizada por la Proveedora Escolar, Editorial Almadía y el Fondo Ventura, se le entregó una distinción por “tantos y tantos años, de darnos alegría y una curación al cuerpo y el alma además de contribuir a un encuentro en el que el diálogo, al intercambio de ideas y emociones se puedan dar a partir de su cantina”, dijo el autor de “DF Confidencial”.

EL CHATO SALÓN DE LA FAMA (3)En entrevista, “El Chato”, quien ha sido confidente y escucha de políticos, gente de la farándula, periodistas y empresarios, entre otras personas que han degustado sus múltiples inventos cocteleros como su famosa “Pantera Rosa”, cuenta que empezó en el oficio en el primer bar que existió en la ciudad de Oaxaca, el Carta Blanca, ubicado en los portales del zócalo.

Llegó muy jovencito a pedir trabajo al español Guillermo Jiménez García, quien ya tenía 20 años en el negocio que inició con el subsidio de la cervecera Carta Blanca, porque, recuerda “El Chato”, había arribado a Oaxaca “con una mano atrás y otra adelante”, es decir, sin recursos económicos.

Hace siete décadas, recuerda, la política estaba muy metida en el gobierno del centro y la mayoría de la clientela era de políticos, diputados, senadores, quienes iban mucho al “Carta Blanca”, la primera cantina que hubo en la ciudad y al patrón español le iba muy bien, hizo su dinerito y se fue a España con su mujer oaxaqueña con quien tuvo una hija y un hijo.

EL CHATO SALÓN DE LA FAMA (9)Encargó el negocio que estaba ubicado en lo que ahora es el Bar Jardín, al Chato y al hijo que era terrible. “Era un joven que andaba en una bicicleta y entraba al zócalo y arrollaba a la gente, tiraba cosas, no le importaba, era un hombre muy diferente a su padre. Él tomaba el dinero de la caja para irse con las muchachas y me decía que fuéramos, pero yo no lo seguía”.

Tiempo después, El Chato abrió El Capri, a dos cuadras del zócalo; su patrón don Guillermo le mandó dinero para que la pusiera y cuando debía elegir nombre se acordó de una canción famosa de moda con la cantante Monna Bell, que decía Capri se fini, Capri se acabó, y por eso así se llamó, comenta, Agrega que ha tenido muchas cantinas, la más reciente “El Salón de la Fama”, en García Vigil y Matamoros.
En esos tiempos, en las cantinas no se admitían jóvenes, uniformados ni mujeres. Por eso afuera estaban unas mesitas para que se sentaran y cuenta que por esas épocas conoció al gobernador Gabino Cué quien era un niño que iba con sus padres, tíos y abuelita. Recuerda que entraba hasta donde estaba él, le jalaba la ropa y le decía “Chato, regálame cerezas”.

EL CHATO SALÓN DE LA FAMA (1)Yo agarraba y le daba cuatro cerezas. Pasó el tiempo y cuando fue presidente municipal, nos vimos y me dijo “Quiubo chato, cómo estás?. No me hables de usted, fuiste mi amigo y me regalabas cerezas”, le dijo en entonces edil de la capital.

Ahora, comenta, se siente cansado y dejó el negocio a sus hijos y nietos, quienes estudian y están pendientes del Salón de la Fama porque les llama la atención, sobre todo a su nieta Gaby a quien le gusta la preparación de las bebidas. Sin embargo no pudo alejarse del todo y atiende a sus parroquianos desde las 11:00 hasta las 18:00 horas, tiempo en el que el ambiente es tranquilo, relajado, con el propósito de que los asistentes platiquen a gusto.

Después de esa hora, cuando el Chato se retira, empieza el ambiente de los más ruidosos, con música alta de rocolas, televisión o bluetooth. Es cuando llega su hijo o sus nietos, a hacerse cargo hasta las 23:00 horas o hasta las 2 de la mañana.

También cuenta con una discípula, Gaby, quien llegó a la edad de 10 años junto con su madre para ayudar a lavar los trastes y al paso del tiempo empezó a lavar los vasos, las copas de vino y se involucró en la preparación de las bebidas al grado de saber tanto como “El Chato”.

En la barra se le ve tomar con seguridad el vaso, vaciar el tanto de jugo, el tanto de vino, llevar a la mezcladora que dice, tiene casi los mismos años que “El Chato”, porque era la que usaban en el Carta Blanca, después colocar los hielos y listo.

Las fórmulas de las bebidas no son ningún secreto. Por ejemplo la famosa “Pantera Rosa” lleva vodka, jugo de toronja y hielos. Sin embargo como todo lo que es preparado para degustar, depende del toque de cada persona, la cantidad ni mucha ni poca de cada ingrediente, para no emborrachar a los parroquianos. Porque se trata de pasarla bien, no de embriagarse, dice “El Chato”.

“Por eso nunca he tomado una copa. En todos estos años de ser cantinero he visto muchas situaciones cuando alguien se pasa de copas. Sé a qué saben mis bebidas porque agarro un popote lo pruebo y digo si le va a gustar a la gente”.

“La bebida no es para alocarse, es para sentirse a gusto, cuando llega un cliente y pide una bebida y dice échale, le digo que le voy a servir lo que es la copa, no puedo servirte más porque te cobraría el doble y si te tomas una copa más vas a salir borracho , mejor toma como es”.

Así se le ve estar pendiente de los parroquianos del Salón de la Fama. Continúa escuchando a los clientes y enriqueciendo su anecdotario cantinero, ya que como dice J.M. Servín, es “un cronista que vierte a través de una bebida y un comentario oportuno, la memoria etílica y social de la ciudad de Oaxaca”.

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