De ovejas negras y hombres lobo

Judith Bravo Contreras/ La urbe en tinta negra

Para el tío Luis,
quien una helada mañana
quedó dormido para siempre,
al pie del Obelisco en la plaza grande

Un hombre corre. Perseguidores armados le pisan los talones, esta escena se repite sin fin en la historia de la humanidad, desde ése negro capturado como esclavo en la puerta de su casa en algún lugar de África, hasta la furtiva sombra que desaparece en el corredor del anden del metro Tacuba.

La cacería del hombre por el hombre parece ser una constante del poder, el poder de cazadores que se ejerce en la persecución y captura de sujetos.

Siempre pienso que las leyes de convivencia en las ciudades más bien se crearon para regular nuestros instintos cazadores, y se apropia del derecho de caza, entonces persigue y atrapa a los transgresores y sanciona o encierra a sus presas. Incluso si le doy vuelo a la imaginación, quizás la misma trata de personas sea una variante rebuscada de cacería clandestina. La caza para aprovisionar esclavitud y la caza que parece de exclusión: el lanzar a individuos a las calles y animar la cacería de pobres.

Todos nos hemos jactado de hacer nuestras las calles de la gran Ciudad de México, sin embargo, la ciudad celosa solo le confía sus secretos más oscuros a los “sin techo”: desterrados y muertos para la sociedad, muertos para el derecho, muertos para el Estado, que ven pasar su vida sin ganarse la sepultura, como para borrar toda huella de su paso por la tierra. Los desposeídos, indigentes, renunciantes mendicantes, pobres, pordioseros, necesitados, menesterosos, arruinados, son quienes gobiernan las calles bajo sus propias leyes, producto de un experimento de nadie, de la misma ciudad.

Él, no tiene nombre, es ya un hombre mayor, comenzó a hacerse visible cuando abrimos la librería, nosotros llegamos a la zona Rosa hace seis años y él ya andaba acá. Se paraba siempre frente al aparador de los libros y los miraba con mucha atención, de repente le invitábamos a que hojeara los libros, porque era evidente que se interesaba en los libros. “Présteme ése libro, quiero ver de qué año es”. Lo invitábamos a pasar a la librería, al principio no quería y se los sacábamos, los revisaba y los leía y nos lo regresaba; con el tiempo, empezó a pasar y revisaba libros y después me decía “fíjese que esto y esto no está bien, aquí le falta el colofón…” Imagino que trabajó como editor, porque no solo le gustan los libros sino que se fija en cosas que no cualquier lector nos fijamos y le gusta platicar acerca de ese libro que tomó, siempre escoge libros diferentes, y nos ha llegado a recitar de memoria citas de clásicos como Víctor Hugo.

Él, sin nombre, nos ha dejado ver por etapas partes de su vida. Es un indigente, callejero, desharrapado, gallofero, limosnero, vagabundo, arruinado, asilado, escaso, miserable, necesitado: pobre. Y es una persona muy culta.

Él, de pronto un día, llegó con su costal de triques, acompañando a una mujer quien le invitó un café en la librería y platicaron unas horas, al retirarse, ella nos lo presentó como un catedrático de la UNAM. En otra ocasión supimos por una tallerista, que pertenece a una de las familias de rancio abolengo en la ciudad. De su boca no saldrá nada que nos de una pista sobre su historia, cuando le preguntas sobre él ya no quiere hablar, simplemente no te contesta; lo que sabemos es que siempre quiso ocultarse bajo las alas de cualquier cosa que volara, decían, debido a su insalubre necesidad de sentirse la libertad, y muchas veces lo intentó, y su familia, dueña de todos los prejuicios, reglas y etiqueta que las mejores familias deben guardar, lo encontraban y se lo llevaban a un lugar donde les lavan el coco para que no anden por las calles, y siempre se escapó, hasta que un día se cansaron de insistir y contra todo pronóstico, ése día pudo volar. Eso sí, ya en el aire se pudo percatar de su recién adquirida condición de soñador incorregible y muy pronto perdió el deseo de poner los pies sobre la tierra otra vez.

Llega de vez en cuando a la librería, pregunta si hay café, le ponemos una silla aparte, se sienta a tomarlo sin azúcar, cargado, como buen catador y nos ponemos a platicar con él sobre los libros; y no, no está mal de sus facultades mentales, yo creo que quizás vive en la calle, como consecuencia de alguna depresión. Llega con su costal, sus años, y sus fuertes olores, nos pide algún libro para revisar, si le gustan te platica y te da una clase, si no le gustan los empieza a criticar.

Nadie sabe dónde se queda, ni de donde sale en las mañanas, ni a dónde regresa por las noches. Se mueve solo, sin grupo. La sociedad ya no lo reconoce como uno de sus miembros, ni siquiera como hombre vivo, ni muerto, desposeído de la atmosfera de la sociedad y del derecho de impedir que tenga las espaldas cubiertas para ahora sí ser descubierto más fácilmente y ser cazado. Los desterrados se agrupan, él va solo. Ya perdió la cuenta de los años que lleva vagando sin rumbo; con los años se pierde la memoria, dicen, se debilita la voluntad de recordar o, tal vez la mente se vuelve selectiva e idealiza algunos recuerdos, elegidos con sumo cuidado. Él convirtió algunas calles de la Zona Rosa en su hogar, anda solo, y nadie sabe dónde se queda, dónde duerme. dónde come, dónde defeca, dónde fornica, nada.

Los vagabundos tienen sus privilegios, nadie se mete con ellos, rondan las aceras con autoridad y no les falta comida, representan una invisibilidad muy especial, ahí están a la vista de todos, pero el mundo hace como si no existieran. Sistemáticamente desprecian los albergues, pareciera que su misión es impedir que sean los albergues una estrategia de invisibilidad social de la miseria. Y se vuelven una acusación viva de un sistema que no funciona. Es más digno ser una acusación viva de la mendicidad y la vagancia, a ser cómplices de la pobreza encerrada que se hace invisible. Y se quedan ahí, dueños a su manera de la ciudad, conocedores de sus secretos más oscuros y a la vez librados de las presiones que causan infartos a los “normales”. La calle les convierte en la ironía trágica de la presa que no escapa a menos que se convierta en aquello de lo que pretendía escapar. Es un privilegio que explotan bien; ser personas libres a quienes las circunstancias los han puesto más allá de las reglas; que les permiten realizar transgresiones que a cualquier ciudadano lo llevarían a la cárcel. Son, a su modo, anarquistas que ponen en jaque a las autoridades y a los vecinos con el simple hecho de vivir su vida a la vista de todos.

Devoran fragmentos de historia, calles conocidas, nuestras miradas, por eso inconscientemente no volteamos, ellos son devora miradas. Son presas-cazadoras. Y quizás sean espejo de alguna victoria, puesto que nadie se atreve a cazarlos.

judith.bravo@gmail.com

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